Relatos del Club

Coordinada por

Francoise

Autor:

Más información

Sinopsis

Un nuevo espacio para que los miembros del Club puedan subir sus relatos.

Elena

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

Escrito por Elena Domingo 10 de Mayo de 2009 11:44

    Hola compañeros, espero que lo estén pasando bien con la lectura que tenemos propuesta.  Y ya que nadie se anima a escribir, les voy a dejar, una pincelada de una cosilla que tengo por ahí en casa guardada. No es un relato, es parte de un proyecto un pelín más grande. Espero que les guste y pueden criticarme todo lo que deseen.  Un abrazo... y feliz lecturas...

      El resto de la mañana transcurría sin contratiempo hasta que, a  eso de las doce, entró en el bufete un caballero vestido de traje chaqueta. Venía acompañado de dos hombres muy altos y de complexión fuerte. El enigmático caballero se dirigió a Olga y le preguntó por D. Ignacio Blázquez. Ella le indicó que su jefe no se encontraba. Pero Olga, como siempre muy resolutiva, desvió la visita a Victoria. La Fernández salió de su despacho al encuentro del misterioso señor. Cuando lo vio se quedó prendada de él. Era un hombre envidiablemente guapo. Alto, pelo castaño claro, salpicado de canas, su piel lucía un ligero bronceado, lo que lo hacía más atractivo en aquellos cuarenta y tantos años. Lo hizo pasar a su despacho y sus guardaespaldas les siguieron. Sentados ya uno delante del otro, la abogada comprobó el suave color cálido de sus ojos. Eran verdes como a ella le gustaban. Se rompió el silencio con una invitación por parte de Victoria a un café, al que el apuesto hombre accedió.

—Y, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó la letrada.

—Pues verá, yo con quien quiero hablar es con don Ignacio Blázquez. Un amigo mío me lo recomendó. Tengo un asunto entre manos que resolver…

—Perdone que le interrumpa pero mi colega no se encuentra ahora en el bufete. Si me lo permite, puedo yo atenderle —dijo ella muy amablemente.

—Perfecto, será un placer —dijo el desconocido.

         Victoria comprobó que tenía acento extranjero. Quizás inglés, quizás americano, ya que el castellano no lo hablaba muy fluido. El sonido de la erre se le confundía con el de la g.

—Primeramente me presentaré —prosiguió el extranjero—. Me llamo Steven Mason y vivo en el sur de la isla, concretamente en Maspalomas. Soy empresario, viajo mucho y me encanta vivir aquí en Gran Canaria. Mi residencia la tengo ubicada en el Hotel Costa Meloneras. Pero, mire señora, me ha surgido un problema…

         Ella lo escuchaba muy atentamente, tomaba notas de todo lo que el caballero le indicaba.

—Y, como le iba diciendo, tengo un tema  que resolver. Por eso necesito un abogado…

         Steven sacó de su chaqueta una vista y se la dio a la abogada. Victoria la leyó. Sus ojos se asombraron. Según decía aquella citación, la persona que tenía sentada, al otro lado de su mesa, estaba acusada de “trata de blancas”. Una fecha aparecía señalada: 23 de septiembre. En ese día don Steven Mason tendría que personarse ante el Juzgado de Instrucción en el Partido Judicial de San Bartolomé de Tirajana, para contestar a unas preguntas que le formulará el Juez Instructor. El extranjero interrumpió.

—Por esta razón, señora letrada, me gustaría contratar al bufete para que me indicaran cómo hacer frente a esa comparecencia.  

—Señor Steven, no se preocupe, hablaré con mi colega y le diremos algo al respecto. Déjeme un teléfono de contacto donde se le pueda localizar.

         Cuando el extranjero se marchó, Victoria otra vez pensó en que no podía ser cierto. Seguro que se trataba de un error. “¡Qué va! Un hombre tan educado, con prestancia y tremendamente apuesto, era impensable que fuera un proxeneta”.

¿Quién se anima?

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

Escrito por Francoise Miércoles 22 de Abril de 2009 14:46

Aquí teneís un nuevo espacio para ir subiendo vuestras relatos...¡estamos deseando leeros!

ENIGMA DE LA SILLA VACÍA

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

Escrito por Elena Viernes 13 de Febrero de 2009 22:56

  

           —¿Avisaste a tu padre? —preguntó ella algo molesta.

          —Sí Elisa lo avisé, pero ya sabes cómo se retrasa. Y…para ¿Qué querías citarnos a los dos?

          —Prefiero decirlo cuando él llegue —sentenció poniendo cara de preocupación.

          Marcos estaba desconcertado. No sabía que se traía entre manos su madrastra.

         Cuando el camarero se acercó a la mesa la primera vez, sólo habían pasado cinco minutos desde que habían llegado a la terraza. De soslayo se había entretenido en observar a la pareja. Ella era delgada y de estatura mediana. Su pelo cobrizo y largo. Podría estar alrededor de los cuarenta. Él, un joven estudiante de veinte y pocos años, alto y atractivo.

         —¿Desean pedir? —se dirigió a la señora muy cortésmente.

         —Sí, gracias. Cuando pueda tráiganos dos cortados —contestó ella.

         —¿Les apetece picar algo?

         —De momento no.

         La tarde se antojaba tranquila y el cielo libre de nubes. Un tiempo muy apetecible, que invitaba a compartir merienda en familia.

         —¿Qué tal te va en la Universidad? —rompió el silencio Elisa.

         —Bien, me queda sólo una asignatura para Licenciarme.

         —Y luego ¿qué proyectos tienes?

         —Pues, no lo sé —contestó Marcos—. ¿Tú, qué me recomiendas?

        —Yo —dijo Elisa, al mismo tiempo que se paró en seco— Marcos, eso debes hablarlo con tu padre…

         El tiempo pasaba y a la terraza del Hotel Madrid, iban llegando multitud de clientes para disfrutar de la víspera de Halloween.

         El camarero, que les atendió la primera vez, al ver que la terraza se llenaba y que necesitaba esa silla vacía, se les acercó para pedírsela.

        —Perdonen que les moleste, pero como ha pasado el tiempo y la silla está desocupada, ¿Me la puedo llevar?

         —No —contestó Elisa tajantemente—. Estamos esperando a mi marido.

        Marcos la miró asombrado. Desconocía esa faceta de la mujer de su padre. Siempre le pareció muy correcta y sobre todo, muy atractiva. Sentía celos de su progenitor, sobre todo desde que, en aquella ocasión, el joven y Elisa, se besaron muy apasionadamente. Marcos estaba preocupado porque quizás ella estaba decidida a contarle la verdad a su padre, y eso, no era bueno.

         El camarero se marchó sin poder mediar palabra. "Vaya mujer, todo lo guapa que es y luego, con tanta mala leche" —se dijo.

 

        Empezó a oscurecer. El otoño y el reciente cambio de hora, comenzaban a adueñarse de la tarde. No hacía frío. Una suave brisa, propia de esa época del año, era la gran protagonista. La terraza estaba hasta los topes. El camarero se subía por las paredes. Sus compañeros sacaban del almacén, mesas y sillas, porque las necesitaban. "Debes volver a pedir la silla" —le dijo una compañera. Entonces, armándose de valor, se acercó otra vez a la mesa, para ver si en esa ocasión, tendría más suerte.

      —Perdonen —dijo en voz queda, algo tembloroso— pero es que de verdad necesitamos la silla. La terraza se está llenando y en vista de que la persona que están esperando no llega …

 

       Se hizo un silencio. El ambiente, de repente, se cargó. Ella sintió calor. Se quitó la chaqueta y dirigiéndose a su hijastro le dijo.

       —Cariño, en vista de que tu padre no viene tendremos que ir nosotros a buscarlo. Recuérdame el número del nicho.

   Mª Elena Villares Castellano